
Toda obra que se precie implica la eliminación de escombros como parte de su ejecución.
Sin embargo esa acción adquiere cierta importancia y hay que llevarla a cabo con sumo cuidado, sobre todo cuando los trabajos se realizan con el fin de recuperar el patrimonio de una localidad.
En Almudévar el taller de empleo que se dedica a estas labores tiene la responsabilidad, no sólo de eliminar los escombros que las obras generan, sino también de revisarlos antes de su eliminación definitiva, y separarlos de restos antiguos dignos de investigación y estudio.
Frente al portal románico de San Miguel, hemos encontrado vestigios interesantes de varias épocas: los más antiguos son probablemente pequeños huesecillos, anónimos restos humanos de hace casi 800 años, cuando las tierras frente la iglesia eran destinadas a los difuntos que a través de este portal salían hacia su sepultura, tras encomendar su alma al altísimo.
Otros objetos interesantes son restos cerámicos, presuntamente de platos, cuencos y jarras. Según el arqueólogo se puede deducir, casi con certeza, que es cerámica procedente de Muel, cuya producción fue muy intensa entre los siglos XIV y XVIII.
Planteando el debate sobre el nivel social de las familias que hacían uso de esa vajilla, el experto nos dice que era una cerámica muy barata, al alcance de todo el mundo, y por tanto de uso extendido entre toda la población de aquella época.
Sin embargo, a pesar de certificar hallazgos de restos cerámicos en muchos yacimientos fúnebres antiguos, el arqueólogo de la portada de San Miguel afirma que sus pesquisas no han podido determinar qué función exacta tenía la vajilla en tales lugares. Teniendo en cuenta que el alejamiento, o el aumento de la distancia, entre los vivos y sus difuntos en los momentos rituales de la despedida, es un fenómeno reciente.
Se cree que antiguamente los ágapes funerarios formaban parte de la costumbre de entonces. Los restos de vajilla cerámica delatan tales prácticas, así como la sospecha de haber contenido aceites aromáticos con los que se supone se ungían los cadáveres, o se usaban para su extrema unción, contemplada en las celebraciones funerarias propias de la religión católica.
Tales ágapes se llevaban a cabo en presencia «córpore insepulto» del difunto, los familiares y resto de actores de estas liturgias.